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Diagnósticos en la arena: las infancias y las etiquetas – Ps. Facundo Corvalán

29 marzo, 2017 6

“3. m. Med. Determinación de la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas.
4. m. Med. Calificación que da el médico a la enfermedad según los signos que advierte.”
Real Academia Española

Los tiempos actuales inscriben sobre las rutinas vértigo y ansiedad. Las incertidumbres se viven con alto niveles de angustia y las preguntas tienen que encontrar rápidamente respuestas. Velocidad, agitación y seguridades, se imponen como lemas en las prácticas cotidianas.

Pero la lógica en la que los chicos se desarrollan amenaza con todas estas demandas. El movimiento inesperado, la plasticidad innovadora, una creatividad que desborda lo instituido, un tiempo de espera que requiere paciencia, contrasta con las pretensiones de una época de exigencias. Sobre los niños recaen representaciones y acciones que dificultan un crecimiento saludable. De aquí que aparece la importancia de reconocer qué discursos y modos de asumir prácticas en la infancia, traen más problemas que soluciones.

Los diagnósticos vinculados a la salud infantil vienen a aportar conocimientos sobre una situación específica. Si bien están ligados a la medicina, otros profesionales de la salud están habilitados a diagnosticar y otros actores sociales también construyen y participan de los diagnósticos desde su sentido común. Tenemos infinidad de contenidos, clasificaciones, prospectos, datos, publicaciones, síndromes, siglas, que inundan el modo de pensar a los niños. En esta época de hiper-información, la ignorancia pasa más por estar mal informado que desinformado.

Algunas prácticas, con más o menos violencia, se han legitimado como garantes del saber. Versiones de la medicina, a través de la aplicación rigurosa y supuestamente neutral de métodos científicos, se posicionan en el monopolio de la verdad. Antes de profundizar en estas ideas, debemos reconocer que la ciencia es una empresa humana, por lo tanto, es histórica, ligada a diferentes intereses y sujeta a modificaciones que limitan su acceso directo a la verdad.

Todo esto nos lleva a reflexionar sobre los aportes, contraindicaciones y desafíos de los diagnósticos sobre niñas y niños. Podemos pensar en los siguientes ejes:

Cada diagnóstico se manifiesta de manera particular en cada niño

Todas las generalidades que se expresan sobre la infancia, en cada niño en particular, adquieren condiciones específicas. Estas condiciones específicas están dadas no sólo por el contexto social y familiar, sino también por la personalidad del sujeto. Si bien una gripe es una gripe, no es lo mismo una gripe en un niño que dispone de una alimentación adecuada que uno que está desnutrido. Así mismo, en los síndromes de base genética, como lo es el Síndrome de Down, podemos distinguir personalidades muy diferentes, muchas de las cuales no cumplen con las limitaciones que se esperaban desde los manuales. Cada nombre propio merece un acondicionamiento específico.

A veces, incluso, el profesional que diagnostica desconoce la complejidad de variables que participan de un proceso de enfermedad. No están al tanto de los recursos, el ambiente y las capacidades personales del niño en cuestión. Me tocó trabajar en un caso de un niño diagnosticado desde la escuela y su gabinete con Trastorno por Déficit de Atención. A este niño de 9 años le costaba quedarse quieto en el aula. El tema es que, si los profesionales que participaron del diagnóstico, hubiesen conocido, que el niño no contaba en su hogar con un lugar para sentarse, jugar, leer, escribir… se habrían dado cuenta, que más que un trastorno personal biológico, el niño tenía una problemática social y cultural. En su rutina cotidiana, el quedarse quieto no tenía ni sentido ni posibilidades. Este mismo caso puede transpolarse a otros, cuando el profesional solo se focaliza en ciertos datos disciplinares y desconoce otros de igual o más importancia. Desde aquí se elabora un diagnóstico incompleto y un tratamiento con pronóstico muy reservado.

El catálogo de patologías cambia continuamente

Los criterios diagnósticos cambian continuamente. Por ejemplo, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM) desde su primera versión en 1952, hasta la última en 2013, ha duplicado los trastornos posibles de 106 a 206. Es decir, tanto adultos como niños, tenemos más posibilidades de ser diagnosticados y medicados. Muchos de los signos que antes formaban parte de un desarrollo normal, ahora son “patologizados”, como el movimiento, un atracón o los berrinches.

La relación entre lo enfermo, lo malo y lo anormal, ha traído varios obstáculos al reconocimiento de problemáticas. En tiempos pasados, estar enfermo era tener un mal adentro, haber pecado o haber actuado sin responsabilidad. A lo patológico también se lo relacionaba con algo poco común o anormal. Estas representaciones siguen en vigencia, pero a medida que se reflexiona sobre las mismas, nos vamos dando cuenta que lo patológico no implica algo poco frecuente o inmoral, sino que está más relacionado a una situación que implica sufrimiento o falta de herramientas para abordar ese sufrimiento.

Los diagnósticos no son inquebrantables

Partamos de un dato de investigaciones actuales: los síntomas del 10% de los niños diagnosticados con el TEA (Trastornos del Espectro Autista), desaparecen cuando son atendidos con las estrategias de trabajo acertadas. Lo mismo sucede ante diferentes traumas u otro tipo de enfermedades (virósicas o bacterianas). La plasticidad neuronal, la capacidad del cerebro para generar nuevas conexiones, tiene en la infancia su destreza mayor. Esto se facilita con estímulos propicios en cantidad y calidad. Un diagnóstico, si es certero, a tiempo y está bien comunicado, habilita a un mejor plan de trabajo.

Si bien los diagnósticos se expiden con seguridad, las capacidades de los niños, su versatilidad y resiliencia, le permiten reacomodarse a los desafíos. Es amplio el abanico de problemas posibles como así también el de las soluciones y estrategias de afrontamiento. De aquí que muchos profesionales sostengamos que: “los diagnósticos en la infancia se escriben con lápiz”.

Las múltiples miradas: la transdisciplina y los equipos de trabajo

A veces, los problemas con los que los niños tienen que lidiar, más que ser problemas de los niños, son problemas de las personas que participan de su cuidado. Cuando los equipos de salud, las instituciones educativas y las familias, trabajan de modo fragmentado, la situación problemática, en vez de ser abordada con diferentes recursos, se multiplica y se complica. Los llamados “equipos”, más que aportar colaborativamente de manera conjunta, suman categorías desde distintos títulos profesionales. Quizás no conocen ni la dinámica de las instituciones educativas por las que transcurre el niño, ni la dinámica de su familia.

Cuando la infancia demanda atención, es un buen momento para saltar los cercos disciplinares y las vanidades profesionales. Es un momento para escuchar las diferentes voces, de los docentes, de los padres, de colegas y sobre todo la voz del niño.

Un buen diagnóstico, preciso y a tiempo, orienta los pasos a seguir

El objetivo del diagnóstico es obtener un panorama, lo más específico y completo posible, de una situación. Si este instrumento está bien elaborado y, sobre todo, si se lo comunica bien a las personas afines, constituye una herramienta útil para pensar un posible tratamiento. Los diagnósticos deben ajustarse a la persona y en el terreno de lo mental o psíquico, los diagnósticos son muy complejos y requieren paciencia. Tolerar esta incertidumbre no es fácil, pero que un niño no sea aún diagnosticado, no implica que tenga que dejar de participar de las actividades “comunes” de todo niño. Más allá del diagnóstico y las terapias recomendadas, no hay que olvidar que el niño antes que nada desea jugar. Si toda la jornada del niño se despliega en “recetas” médicas, si los docentes y padres ofician permanentemente de médicos, el tiempo de juego se transforma en una rutina disciplinada. El niño nunca deja de ser un síndrome.

Es mejor entonces, que los tratamientos y cuidados, se centren en las necesidades específicas del niño, más que en los diagnósticos. Este tiene que participar como orientador, pero no como etiqueta inmutable.

Puede interpretarse como una contradicción, en relación a lo anterior, la utilidad o no de un diagnóstico. Diagnóstico sí o diagnóstico no. Esto va a depender del modo en como el mismo se construya y en el respeto que tenga de las condiciones del niño. Este último es el personaje principal, que manifiesta, a su manera y a su tiempo, la veracidad del diagnóstico y de los tratamientos vinculados.

Por lo dicho anteriormente, pensemos en que:

Podemos diagnosticar para distinguir, pero no para discriminar.

Hay que diagnosticar para reconocer, pero no para encasillar.

Tenemos que diagnosticar para nombrar, pero no para juzgar.

Es importante diagnosticar para sugerir, pero no para condenar.

Ps. Facundo Corvalán


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